Castillo de San Gabriel,Lanzarote

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En 1573 se construyo una fortaleza en el islote de afuera por orden de Don Agustín de Herrera y Rojas. El interior era todo de madera y tenia una artillería dotada de cuatro piezas, una de bronce y tres de hierro colado. En 1586 con el brutal ataque de Morato Arraez se demostró que los 40 pies por cada lado y apenas 3 de altura no eran suficientes para contener una invasión desde el mar.




Tras estos acontecimientos llega a la isla en 1591 Leonardo Torriani que planea las reformas para aumentar la defensa en Arrecife. El proyecto consistía en construir un camino empedrado, amurallado a ambos lados, con tres cañoneras y sus portalones de fuga, a fin de enlazar la fortaleza con el islote del Muelle de Herrera, y desde este, mediante puente levadizo, con la inmediata orilla del Arrecife. (El proyecto original de Torriani consistía en algunas cosas mas que no se llevaron acabo).


El Puente de las Bolas (obra única de este tipo en Canarias) esta integrado por dos pilares preisabelinos que acaban con remate cuadrangular sobre los cuales descansan dos bolas. El camino empedrado recorría 175 metros, sin almenas, pero con tres cañoneras a la mitad del tramo entre el islote del Castillo de San Gabriel y el Muelle de Herrera.

Fray Juan de San Francisco, Prior del Convento de Miraflores, de Teguise, fue en encargado de donar la campana para el toque de a rebato.


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En aquella roca se construye una pequeña defensa de unos 40 pies por cada lado, de forma rectangular, con sus baluartes de los llamados de punta de diamante, pero sin la barbacana y altura que hoy se le ve. Tenía este primitivo castillo toda la distribución interior de madera, la cual ardió totalmente cuando Morato Arráez lo atacó una mañana del mes de julio de 1568. Torriani llevó a cabo el actual sistema defensivo del castillo, que comprende el amurallamiento almenado, barbacana principal, nueva distribución interior y los puentes de las bolas (...). El ingeniero italiano se esmeró en la mampostería, logrando realizar perfectas habitaciones a base de voluminosos sillares».

Elijo este texto de Agustín de la Hoz (como podía haberme valido de cualquier retazo de las interminables conversaciones que. a lo largo del mes de agosto, he venido manteniendo con el documentado y agudo escritor canario) para ilustras el lector acerca de lo que fue el castillo de San Gabriel y de lo que en parte hoy es, merced a las desafortunadas obras de acondicionamiento emprendidas, sobre los restos de una ampliación posterior, por el Ministerio de la Vivienda. ¡En qué mente cabe emular los contundentes sillares de Torriani por un encalado convencional y anodino, o suplir las airosas puntas de diamante por unos asépticos lucernarios, más aparentes para boite o cafetería que propios de un castillo o de un museo!

Pocas ciudades marítimas cuentan con dos castillos (se dice que a principios del siglo XVI hubo en Lanzarote otras torres costeras, de las que es orgullo la de Guanapay) tan bien plantados y troneros como los de San José y San Gabriel, encarados a los mares en el acceso natural a la bahía y puerto de Arrecife. Y menos aún las que, de contar con ellos, hayan acertado a congregar el testimonio vivo del presente y el legado del pasado remoto, convirtiendo el castillo de San José, del que dimos ya noticia, en museo de arte moderno, y destinando a museo de arqueología el de San Gabriel, objeto de este comentario.



El ayer y el hoy contemplándose, cara a cara, sobre las aguas del Atlántico, llegadas a buen puerto de Arrecife.
Alberga el actual museo arqueológico, propiedad del Ayuntamiento de Arrecife, 16 vitrinas en las que se conservan y exponen unas 2.500 piezas de distintas épocas y significados diferentes: vestigios prehispánicos, de indefinida ascendencia guanche, cerámica castellana y andaluza, a contar del siglo XV, colecciones numismáticas, abundante material iconográfico (pequeños ídolos, incisiones en piedra, adornos simbólicos...) y utensilios primitivos (cuencos. candiles, braseros, hachas, pulidores, buriles, piedras arrojadizas...). No es aventurado afirmar que aquí, en el castillo de San Gabriel, se concentra y reanima la historia de Lanzarote, desde la llegada del hombre guanche hasta las sucesivas conquistas de los peninsulares o (¿Por qué no decirlo?) devastaciones de los godos.

El hallazgo, conservación y la ordenación, en buena parte, de este valiosísimo conjunto arqueológico se deben, más que a atenciones oficiales, a la vocación y al empeño de un hombre de estas tierras, ceramista singular (remítase el lector al comentario de hace un par de semanas) e incansable velador de los tesoros de su isla: Juan Brito. De sol a sol ha recorrido este hombre del pueblo, la exótica extensión de Lanzarote (Zonzamas, Ajei, Fiquinineo, Guanapay, La Quemada, Rubicón, la cueva de Los Verdes, Malpaís de la Corona...) ha guardado celosamente millares de piezas arqueológicas para, al fin y de buen grado, donarlas al actual museo que, mejor que de San Gabriel, merecería llamarse de Juan Brito.
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Si el Ministerio de la Vivienda ha errado en la prosecución de las obras de remozamiento del castillo de San Gabriel (¡cómo se puede errar en tal medida, teniendo a la vista los planos de Torriani!) ha acertado de lleno el de Educación y Ciencia al nombrar a Juan Brito guarda oficial del tesoro arqueológico de Lanzarote. Un ejemplo a imitar por unos y por otros, allí, especialmente, donde no hay (prácticamente en toda España) conservadores titulados o se ven alegremente suplidos por eventuales enterados o por el reclamo televisual de la Operación retorno. Un ejemplo a seguir, cuando haya y donde haya hombres como el buen ceramista lanzaroteño.